miércoles, 5 de noviembre de 2008

Hermosas alamedas

Hermosas alamedas

deste prado florido

por donde entrar el sol pretende en vano;

fuentes puras y ledas,

que con manso rüido

a las aves lleváis el canto llano;

monte de nieve cano,

a quien te mira plata,

hasta que el sol en agua te desata;



con diferentes ojos

os miran mis cuidados,

pareciéndome espejos diferentes,

pues veo los enojos

de los tiempos pasados,

para llorar que los perdí presentes;

montes, árboles, fuentes,

estadme un rato atentos;

veréis que he puesto en paz mis pensamientos.



En gran lugar se puso,

¡oh, santas soledades!,

quien goza el bien que vuestro campo encierra

y libre del confuso

rumor de las ciudades,

es dueño de sí mismo en poca tierra,

adonde ni la guerra

sus paces interrompe,

ni ajeno yugo su silencio rompe.



Ni por oficio grave

que el más indigno tenga,

la envidia o lisonja le lastima,

ni espera que la nave

del indio a España venga

preñada del metal que el mundo estima:

ya el duro mar la oprima,

o ya segura quede,

ni le puede quitar, ni darle puede.



Ni amor con blando sueño

de imaginar süave

al suyo dio solícitos desvelos,

ni adora tierno dueño,

ni se queja del grave,

ni sus méritos puso contra celos;

que si a los mismos cielos

no toca el señorío,

¿por qué ha de ser esclavo el albedrío?



Agradecida mira

la planta, que a su mano,

porque la puso, le rindió tributo;

y contento, se admira

de ver que el cortesano

de tantas esperanzas pierda el fruto;

que no hay rey absoluto

como el que por sus leyes

conoce desde lejos a los reyes.



Siempre el hombre discreto

donde el poder alcanza

el apariencia del vivir limita;

dichoso el que este efeto

ha dado a su esperanza,

y del caer las ocasiones quita;

si en la tierra que habita

los ojos pone atentos,

aun no pasa de allí los pensamientos.



Quien no sirve ni ama,

ni teme ni desea,

ni pide ni aconseja al poderoso,

y con honesta fama

en su aumento se emplea,

sólo puede llamarse venturoso.

¡Oh mil veces dichoso

quien no tiene enemigo

y todos le codician por amigo!

Silvio a una blanca corderilla suya

Silvio a una blanca corderilla suya,

de celos de un pastor, tiró el cayado,

con ser la más hermosa del ganado;

¡oh amor!, ¿qué no podrá la fuerza tuya?



Huyó quejosa, que es razón que huya,

habiéndola sin culpa castigado;

lloró el pastor buscando el monte y prado,

que es justo que quien debe restituya.



Hallóla una pastora en esta afrenta,

y al fin la trajo al dueño, aunque tirano,

de verle arrepentido enternecida.



Diole sal el pastor y ella, contenta,

la tomó de la misma injusta mano;

que un firme amor cualquier agravio olvida.

Gallardo pasea Zaide

Gallardo pasea Zaide

puerta y calle de su dama,

que desea en gran manera

ver su imagen y adorarla,



porque se vido sin ella

en una ausencia muy larga,

que desdichas le sacaron

desterrado de Granada,



no por muerte de hombre alguno

ni por traidor a su dama,

mas por dar gusto a enemigos,

si es que en el moro se hallan,



porque es hidalgo en sus cosas,

y tanto que al mundo espantan

sus larguezas, pues por ellas

el moro dejó su patria;



pero a Granada volvió

a pesar de ruin canalla,

porque siendo un moro noble

enemigos nunca faltan.



Alzó la cabeza y vido

a su Zaida a la ventana,

tan bizarra y tan hermosa

que al sol quita su luz clara.



Zaida se huelga de ver

a quien ha entregado el alma,

tan turbada, y tan alegre,

y cuanto alegre turbada,



porque su grande desdicha

le dio nombre de casada,

aunque no por eso piensa

olvidar a quien bien ama.



El moro se regocija,

y con dolor de su alma,

por no tener más lugar,

que el puesto no se le daba,



por ser el moro celoso

de quien es esposa Zaida,

y en gozo, contento y pena

le envió aquestas palabras:



«—¡Oh más hermosa y más bella

que la aurora aljofarada,

mora de los ojos míos,

que otra beldad no te iguala!



Dime, ¿fáltate salud

después que el verme te falta?

Mas según la muestra has dado

amor es el que te falta,



pues mira, diosa cruel

lo que me cuestas del alma,

y cuántas noches dormí

debajo de tus ventanas;



y mira que dos mil veces

recreándome en tus faldas,

decías: «—El firme amor

sólo entre los dos se halla»,



pues que por mí no ha quedado,

que cumplo por mi desgracia

lo que prometo una vez,

cúmplelo también, ingrata.



No pido más que te acuerdes,

mira mi humilde demanda,

pues en pensar sólo en ti

me ocupo tarde y mañana—».



Su prolijo razonar

creo el moro no acabara,

si no faltara la lengua

que estaba medio trabada.



La mora tiene la suya

de tal suerte, que no acaba

de acabar de abrir la gloria

al moro con la palabra,



vertiendo de entrambos ojos

perlas con que le aplacaba,

al moro sus quejas tristes

dijo la discreta Zaida:



«—Zaide mío, a Alá prometo

de cumplirte la palabra

que es jamás no te olvidar,

pues no olvida quien bien ama;



pero yo no me aseguro

ni estoy de mí confiada,

que suele a cuerpo presente

ser la vigilia doblada,



y más tú que lisonjeas,

que ya lo tienes por gala,

de ser como aquí lo has dicho,

no habiendo en mí bueno nada.



Sé muy bien lo que te debo

y plugiese a Alá quedara

hecho mi cuerpo pedazos

antes que yo me casara,



que no hay rato de contento

en mí, ni un punto se aparta

este mi moro enemigo

de mi lado y de mi cama,



y no me deja salir,

ni asomarme a la ventana,

ni hablar con mis amigas

ni hallarme en fiestas o zambras—».



No pudo escuchalla más

el moro, y así se aparta

hechos los ojos dos fuentes

de lágrimas que derrama.



Zaida, no menos que él,

se quita de la ventana,

y aunque apartaron los cuerpos

juntas quedaron las almas.

Pobre barquilla mia

Pobre barquilla mía,

entre peñascos rota,

sin velas desvelada,

y entre las olas sola:



¿Adónde vas perdida?

¿Adónde, di, te engolfas?

Que no hay deseos cuerdos

con esperanzas locas.



Como las altas naves

te apartas animosa

de la vecina tierra,

y al fiero mar te arrojas.



Igual en las fortunas,

mayor en las congojas,

pequeño en las defensas,

incitas a las ondas.



Advierte que te llevan

a dar entre las rocas

de la soberbia envidia,

naufragio de las honras.



Cuando por las riberas

andabas costa a costa,

nunca del mar temiste

las iras procelosas.



Segura navegabas;

que por la tierra propia

nunca el peligro es mucho

adonde el agua es poca.



Verdad es que en la patria

no es la virtud dichosa,

ni se estimó la perla

hasta dejar la concha.



Dirás que muchas barcas

con el favor en popa,

saliendo desdichadas,

volvieron venturosas.



No mires los ejemplos

de las que van y tornan,

que a muchas ha perdido

la dicha de las otras.



Para los altos mares

no llevas cautelosa

ni velas de mentiras,

ni remos de lisonjas.



¿Quién te engañó, barquilla?

Vuelve, vuelve la proa,

que presumir de nave

fortunas ocasiona.



¿Qué jarcias te entretejen?

¿Qué ricas banderolas

azote son del viento

y de las aguas sombra?



¿En qué gabia descubres

del árbol alta copa,

la tierra en perspectiva,

del mar incultas orlas?



¿En qué celajes fundas

que es bien echar la sonda,

cuando, perdido el rumbo,

erraste la derrota?



Si te sepulta arena,

¿qué sirve fama heroica?

Que nunca desdichados

sus pensamientos logran.



¿Qué importa que te ciñan

ramas verdes o rojas,

que en selvas de corales

salado césped brota?



Laureles de la orilla

solamente coronan

navíos de alto borde

que jarcias de oro adornan.



No quieras que yo sea

por tu soberbia pompa

faetonte de barqueros,

que los laureles lloran.



Pasaron ya los tiempos

cuando, lamiendo rosas,

el céfiro bullía

y suspiraba aromas.



Ya fieros huracanes

tan arrogantes soplan,

que, salpicando estrellas,

del sol la frente mojan.



Ya los valientes rayos

de la vulcana forja,

en vez de torres altas,

abrasan pobres chozas.



Contenta con tus redes,

a la playa arenosa

mojado me sacabas;

pero vivo, ¿qué importa?





Cuando de rojo nácar

se afeitaba la aurora,

más peces te llenaban

que ella lloraba aljófar.



Al bello sol que adoro,

enjuta ya la ropa,

nos daba una cabaña

la cama de sus hojas.



Esposo me llamaba,

yo la llamaba esposa,

parándose de envidia

la celestial antorcha.



Sin pleito, sin disgusto,

la muerte nos divorcia:

¡Ay de la pobre barca

que en lágrimas se ahoga!



Quedad sobre el arena,

inútiles escotas;

que no ha menester velas

quien a su bien no torna.



Si con eternas plantas

las fijas luces doras,

¡oh dueño de mi barca!,

y en dulce paz reposas,



merezca que le pidas

al bien que eterno gozas

que adonde estás me lleve

más pura y más hermosa.



Mi honesto amor te obligue;

que no es digna vitoria

para quejas humanas

ser las deidades sordas.



Mas ¡ay, que no me escuchas!

Pero la vida es corta:

viviendo, todo falta;

muriendo, todo sobra.

Pululando de culto

Pululando de culto, Claudio amigo,

minotaurista soy desde mañana;

derelinquo la frasi castellana,

vayan las Solitúdines conmigo.



Por precursora, desde hoy más me obligo

al aurora llamar Bautista o Juana,

chamelote la mar, la ronca rana

mosca del agua, y sarna de oro al trigo.



Mal afecto de mí, con tedio y murrio,

cáligas diré ya, que no griguiescos

como en el tiempo del pastor Bandurrio.



Estos versos, ¿son turcos o tudescos?

Tú, Letor Garibay, si eres bamburrio,

apláudelos, que son cultidiablescos.

Serrana hermosa

Serrana hermosa, que de nieve helada

fueras como en color en el efeto,

si amor no hallara en tu rigor posada;



del sol y de mi vista claro objeto,

centro del alma, que a tu gloria aspira,

y de mi verso altísimo sujeto;



alba dichosa, en que mi noche espira,

divino basilisco, lince hermoso,

nube de amor, por quien sus rayos tira;



salteadora gentil, monstruo amoroso,

salamandra de nieve y no de fuego,

para que viva con mayor reposo.



Hoy, que a estos montes y a la muerte llego,

donde vine sin ti, sin alma y vida,

te escribo, de llorar cansado y ciego.



Pero dirás que es pena merecida

de quien pudo sufrir mirar tus ojos

con lágrimas de amor en la partida.



Advierte que eres alma en los despojos

desta parte mortal, que a ser la mía,

faltara en tantas lágrimas y enojos;



que no viviera quien de ti partía,

ni ausente ahora, a no esforzarle tanto

las esperanzas de un alegría día.



Aquella noche en su mayor espanto

consideré la pena del perderte,

la duda soledad creciendo el llanto,



y llamando mil veces a la muerte,

otras tantas miré que me quitaba

la dulce gloria de volver a verte.



A la ciudad famosa que dejaba,

la cabeza volvía, que desde lejos

sus muros con sus fuegos me enseñaba,



y dándome en los ojos los reflejos,

gran tiempo hacia la parte en que vivías

los tuvo amor suspensos y perplejos.



Y como imaginaba que tendrías

de lágrimas los bellos ojos llenos,

pensándolas juntar crecí las mías.



Mas como los amigos, desde ajenos,

reparasen en ver que me paraba

en el mayor dolor, fue el llanto menos.



Ya, pues, que el alma y la ciudad dejaba,

y no se oía del famoso río

el claro son que con sus muros lava,



«Adiós, dije mil veces, dueño mío,

hasta que a verme en tu ribera vuelva,

de quien tan tiernamente me desvío».



No suele el ruiseñor en verde selva

llorar el nido de uno en otro ramo

de florido arrayán y madreselva,



con más doliente voz que yo te llamo,

ausente de mis dulces pajarillos,

por quien en llanto el corazón derramo,



ni brama, si le quitan sus novillos,

con más dolor la vaca, atravesando

los campos de agostados amarillos;



ni con arrullo más lloroso y blando

la tórtola se queja, prenda mía,

que yo me estoy de mi dolor quejando.



Lucinda, sin tu dulce compañía,

y sin las prendas de tu hermoso pecho,

todo es llorar desde la noche al día,



que con sólo pensar que está deshecho

mi nido ausente, me atraviesa el alma,

dando mil nudos a mi cuello estrecho;



que con dolor de que le dejo en calma,

y el fruto de mi amor goza otro dueño,

parece que he sembrado ingrata palma».



Llegué, Lucinda, al fin, sin verme el sueño,

en tres veces que el sol me vio tan triste,

a la aspereza de un lugar pequeño,



a quien de murtas y peñascos viste

Sierra Morena, que se pone en medio

del dichoso lugar en que naciste.



Allí me pareció que sin remedio

llegaba el fin de mi mortal camino,

habiendo apenas caminado el medio,



y cuando ya mi pensamiento vino,

dejando atrás la Sierra, a imaginarte,

creció con el dolor el desatino;



que con pensar que estás de la otra parte,

me pareció que me quitó la Sierra

la dulce gloria de poder mirarte.



Bajé a los llanos de esta humilde tierra,

adonde me prendiste y cautivaste,

y yo fui esclavo de tu dulce guerra.



No estaba el Tajo con el verde engaste

de su florida margen cual solía,

cuando con esos pies su orilla honraste;



ni el agua clara a su pesar subía

por las sonoras ruedas ni bajaba,

y en pedazos de plata se rompía;



ni Filomena su dolor cantaba,

ni se enlazaba parra con espino,

ni yedra por los árboles trepaba;



ni pastor extranjero ni vecino

se coronaba del laurel ingrato,

que algunos tienen por laurel divino.



Era su valle imagen y retrato

del lugar que la corte desampara,

del alma de su espléndido aparato.



Yo, como aquel que a contemplar se para

rüinas tristes de pasadas glorias,

en agua de dolor bañé mi cara.



De tropel acudieron las memorias,

los asientos, los gustos, los favores,

que a veces los lugares son historias,



y en más de dos que yo te dije amores,

parece que escuchaba tus respuestas,

y que estaban allí las mismas flores.



Mas como en desventuras manifiestas

suele ser tan costoso el desengaño

y sus veloces alas son tan prestas,



vencido de la fuerza de mi daño,

caí desde mí mismo medio muerto

y conmigo también mi dulce engaño.



Teniendo, pues, mi duro fin por cierto,

las ninfas de las aguas, los pastores

del soto y los vaqueros del desierto,



cubriéndome de yerbas y de flores,

me lloraban, diciendo: «Aquí fenece

el hombre que mejor trató de amores,



y puesto que Lucinda le merece,

que su vida consista en su presencia,

él también con su muerte la engrandece».



Entonces yo, que haciendo resistencia

estaba con tu luz al dolor mío,

abrí los ojos, que cerró tu ausencia.



Luego desamparando el valle frío

las ninfas bellas con sus rubias frentes

rompieron el cristal del manso río,



y en círculos de vidro transparentes

las divididas aguas resonaron,

y en las peñas los ecos diferentes.



Los pastores también desampararon

el muerto vivo, y en la tibia arena

por sombra de quien era me dejaron.



Yo solo, acompañado de mi pena,

volviste al alma, del dolor quejoso,

que de pensar en ti la tuvo ajena.



Así ha llegado aquel pastor dichoso,

Lucinda, que llamaban dueño tuyo,

del Betis rico al Tajo caudaloso:



éste que miras es retraso suyo,

que así el esclavo que llorando pierdes

a tus divinos ojos restituyo.



O ya me olvides o de mí te acuerdes,

si te olvidares mientras tengo vida,

marchite amor mis esperanzas verdes.



Cosa que al cielo por mi bien le pida

jamás me cumpla, si otra cosa fuere

de aquestos ojos, donde estás, querida.



En tanto que mi espíritu rigiere

el cuerpo que tus brazos estimaron,

nadie los míos ocupar espere;



la memoria que en ellos me dejaron

es alcalde de aquella fortaleza

que tus hermosos ojos conquistaron.



Tú conoces, Lucinda, mi firmeza,

y que es de acero el pensamiento mío

con las pastoras de mayor belleza.



Ya sabes el rigor de mi desvío

con Flora, que te tuvo tan celosa,

a cuyo fuego respondí tan frío;



pues bien conoces tú que es Flora hermosa,

y que con serlo, sin remedio vive,

envidiosa de ti, de mí quejosa.



Bien sabes que habla bien, que bien escribe

y que me solicita y me regala,

por más desprecios que de mí recibe.



Mas yo, que de tu pie, donaire y gala

estimo más la cinta que desecha

que todo el oro con que a Creso iguala,



sólo estimo tenerte sin sospecha,

que no ha nacido ahora quien desate

de tanto amor lazada tan estrecha.



Cuando de yerbas de Tesalia trate,

y discurriendo el monte de la luna

los espíritus ínfimos maltrate,



no hay fuerza en yerba ni en palabra alguna

contra mi voluntad, que hizo el cielo

libre en adversa y próspera fortuna.



Tú sola mereciste mi desvelo,

y yo también después de larga historia

con mi fuego de amor vencer tu hielo.



Viva con esto alegre tu memoria,

que como amar con celos es infierno,

amar sin ellos es descanso y gloria,



que yo, sin atender a mi gobierno,

no he de apartarme de adorarte ausente,

si de ti lo estuviese un siglo eterno.



El sol mil veces discurriendo cuente

del cielo los dorados paralelos,

y de su blanca hermana el rostro aumente,



que los diamantes de sus puros velos,

que viven fijos en su otava esfera,

no han de igualarme aunque me maten celos.



No habrá cosa jamás en la ribera

en que no te contemplen estos ojos,

mientras ausente de los tuyos muera;



en el jazmín tus cándidos despojos;

en la rosa encarnada tus mejillas,

tu bella boca en los claveles rojos;



tu olor en las retamas amarillas,

y en maravillas que mis cabras pacen

contemplaré también tus maravillas.



Y cuando aquellos arroyuelos que hacen

templados, a mis quejas consonancia

desde la sierra, donde juntos nacen,



dejando el sol la furia y arrogancia

de dos tan encendidos animales,

volviere el año a su primera estancia,



a pesar de sus fuentes naturales,

del yelo arrebatadas sus corrientes,

cuelguen por estas peñas sus cristales,



contemplaré tus concertados dientes,

y a veces en carámbanos mayores

los dedos de tus manos transparentes.



Tu voz me acordarán los ruiseñores,

y de estas yedras y olmos los abrazos

nuestros hermafrodíticos amores.



Aquestos nidos de diversos lazos,

donde ahora se besan dos palomas,

por ver mis prendas burlarán mis brazos,



Tú, si mejor tus pensamientos domas,

en tanto que yo quedo sin sentido,

dime el remedio de vivir que tomas,



que aunque todas las aguas del olvido

bebiese yo, por imposible tengo

que me escapase de tu lazo asido,



donde la vida a más dolor prevengo:

¡triste de aquel que por estrellas ama,

si no soy yo, porque a tus manos vengo!



Donde si espero de mis versos fama,

a ti lo debo, que tú sola puedes

dar a mi frente de laurel la rama,

donde muriendo vencedora quedes.

jueves, 4 de septiembre de 2008

RIMAS SAGRADAS

RIMAS SAGRADAS

1

Cuando me paro a contemplar mi estado,
y a ver los pasos por donde he venido,
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.

Cuando miro los años que he pasado,
la divina razón puesta en olvido,
conozco que piedad del cielo ha sido
no haberme en tanto mal precipitado.

Entré por laberinto tan extraño,
fiando al débil hilo de la vida
el tarde conocido desengaño;

mas de tu luz mi escuridad vencida,
el monstro muerto de mi ciego engaño,
vuelve a la patria, la razón perdida.


2

Pasos de mi primera edad que fuistes
por el camino fácil de la muerte,
hasta llegarme al tránsito más fuerte
que por la senda de mi error pudistes;

¿qué basilisco entre las flores vistes
que de su engaño a la razón advierte?
Volved atrás, porque el temor concierte
las breves horas de mis años tristes.

¡Oh pasos esparcidos vanamente!
¿qué furia os incitó, que habéis seguido
la senda vil de la ignorante gente?

Mas ya que es hecho, que volváis os pido,
que quien de lo perdido se arrepiente
aun no puede decir que lo ha perdido.


3

Entro en mí mismo para verme, y dentro
hallo, ¡ay de mí!, con la razón postrada,
una loca república alterada,
tanto que apenas los umbrales entro.

Al apetito sensitivo encuentro,
de quien la voluntad mal respetada
se queja al cielo, y de su fuerza armada
conduce el alma al verdadero centro.

La virtud, como el arte, hallarse suele
cerca de lo difícil, y así pienso
que el cuerpo en el castigo se desvele.

Muera el ardor del apetito intenso,
porque la voluntad al centro vuele,
capaz potencia de su bien inmenso.


4

¿Qué ceguedaz me trujo a tantos daños?
¿Por dónde me llevaron desvaríos,
que no traté mis años como míos,
y traté como propios sus engaños?

¡Oh puerto de mis blancos desengaños,
por donde ya mis juveniles bríos
pasaron como el curso de los ríos,
que no los vuelve atrás el de los años!

Hicieron fin mis locos pensamientos,
acomodóse al tiempo la edad mía,
por ventura en ajenos escarmientos.

Que no temer el fin no es valentía,
donde acaban los gustos en tormentos,
y el curso de los años en un día.


5

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño,
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados,
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?


6

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,
y cuántas con vergüenza he respondido,
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado!

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una cruz asido,
y atrás volví otras tantas, atrevido,
al mismo precio en que me habéis comprado.

Besos de paz os di para ofenderos,
pero si fugitivos de su dueño
hierran cuando los hallan los esclavos,

hoy que vuelvo con lágrimas a veros,
clavadme vos a vos en vuestro leño,
y tendréisme seguro con tres clavos.


7

Muere la vida, y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte,
sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.

Está la majestad de Dios tendida
en una dura cruz, y yo de suerte
que soy de sus dolores el más fuerte,
y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh duro corazón de mármol frío!,
¿tiene tu Dios abierto el lado izquierdo,
y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será divino acuerdo,
mas eres tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.


8

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:
"Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía"!

¡Y cuántas, hermosura[s] soberana,
"Mañana le abriremos", respondía,
para lo mismo responder mañana!


9

Yo me muero de amor, que no sabía,
aunque diestro en amar cosas del suelo,
que no pensaba yo que amor del cielo
con tal rigor las almas encendía.

Si llama la moral filosofía
deseo de hermosura a amor, recelo
que con mayores ansias me desvelo
cuanto es más alta la belleza mía.

Amé en la tierra vil, ¡qué necio amante!
¡Oh luz del alma, habiendo de buscaros,
qué tiempo que perdí como ignorante!

Mas yo os prometo agora de pagaros
con mil siglos de amor cualquiera instante
que por amarme a mí dejé de amaros.


10

¡Con qué artificio tan divino sales
de esa camisa de esmeralda fina,
oh rosa celestial alejandrina,
coronada de granos orientales!

Ya en rubíes te enciendes, ya en corales,
ya tu color a púrpura se inclina
sentada en esa basa peregrina
que forman cinco puntas desiguales.

Bien haya tu divino autor, pues mueves
a su contemplación el pensamiento,
a aun a pensar en nuestros años breves.

Así la verde edad se esparce al viento,
y así las esperanzas son aleves
que tienen en la tierra el fundamento...


11

Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que mirándola detuvo.

Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos,
aquí los ojos de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.

Aquí la estimativa en que tenía
el principio de todo el movimiento,
aquí de las potencias la armonía.

¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!,
¿dónde tan alta presunción vivía,
desprecian los gusanos aposento?


12

Hombre mortal mis padres me engendraron,
aire común y luz de los cielos dieron,
y mi primera voz lágrimas fueron,
que así los reyes en el mundo entraron.

La tierra y la miseria me abrazaron,
paños, no piel o pluma, me envolvieron,
por huésped de la vida me escribieron,
y las horas y pasos me contaron.

Así voy prosiguiendo la jornada
a la inmortalidad el alma asida,
que el cuerpo es nada, y no pretende nada.

Un principio y un fin tiene la vida,
porque de todos es igual la entrada,
y conforme a la entrada la salida.


13

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh. cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
"Alma, asómate agora a la ventana;
verás con cuánto amor llamar porfía!"

¡Y cuántas, hermosura soberana,
"Mañana le abriremos", respondía,
para lo mismo responder mañana!


14

Buscaba Madalena pecadora
un hombre, y Dios halló sus pies, y en ellos
perdón, que más la fe que los cabellos
ata sus pies, sus ojos enamora.

De su muerte a su vida se mejora,
efecto en Cristo de sus ojos bellos,
sigue su luz, y al occidente dellos
canta en los cielos y en peñascos llora.

«Si amabas, dijo Cristo, soy tan blando
que con amor a quien amó conquisto,
si amabas, Madalena, vive amando».

Discreta amante, que el peligro visto
súbitamente trasladó llorando
los amores del mundo a los de Cristo.


15

Yo pagaré con lágrimas la risa
que tuve en la verdura de mis años,
pues con tan declarados desengaños
el tiempo, Elisio, de mi error me avisa.

«Hasta la muerte» en la corteza lisa
de un olmo, a quien dio el Tajo eternos baños,
escribí un tiempo, amando los engaños
que mi temor con pies de nieve pisa.

Mas, ¿qué fuera de mí, si me pidiera
esta cédula Dios, y la cobrara,
y el olmo entonces el testigo fuera?

Pero yo con el llanto de mi cara
haré crecer el Tajo de manera
que sólo quede mi vergüenza clara.

RIMAS HUMANAS

RIMAS HUMANAS

1

Era la alegre víspera del día
que la que sin igual nació en la tierra,
de la cárcel mortal y humana guerra
para la patria celestial salía;

y era la edad en que más viva ardía
la nueva sangre que mi pecho encierra,
cuando el consejo y la razón destierra
la vanidad que el apetito guía,

cuando Amor me enseñó la vez primera
de Lucinda en su sol los ojos bellos,
y me abrasó como si rayo fuera.

Dulce prisión y dulce arder por ellos;
sin duda que su fuego fue mi esfera,
que con verme morir descanso en ellos.


2

De hoy más las crespas sienes de olorosa
verbena y mirto coronarte puedes,
juncoso Manzanares, pues excedes
del Tajo la corriente caudalosa.

Lucinda en ti bañó su planta hermosa;
bien es que su dorado nombre heredes,
y que con perlas por arenas quedes,
mereciendo besar su nieve y rosa.

Y yo envidiar pudiera tu fortuna,
mas he llorado en ti lágrimas tantas,
(tú, buen testigo de mi amargo lloro),

que mezclada en tus aguas pudo alguna
de Lucinda tocar las tiernas plantas,
y convertirse en tus arenas de oro.


3

Vierte racimos la gloriosa palma,
y sin amor se pone estéril luto;
Dafnes se queja en su laurel sin fruto,
Narciso en blancas hojas se desalma.

Está la tierra sin la lluvia en calma,
viles hierbas produce el campo enjuto,
porque nunca el Amor pagó tributo,
gime en su piedra de Anaxarte el alma.

Oro engendra al amor de agua y de arenas,
porque las conchas aman el rocío,
quedan de perlas orientales llenas.

No desprecies, Lucinda hermosa, el mío,
que al trasponer del sol, las azucenas
pierden el lustre, y nuestra edad el brío.


4

Si culpa el concebir, nacer tormento,
guerra vivir, la muerte fin humano;
si después de hombre, tierra y vil gusano,
y después de gusano, polvo y viento;

si viento nada, y nada el fundamento,
flor la hermosura, la ambición tirano,
la fama y gloria, pensamiento vano,
y vano en cuanto piensa el pensamiento,

¿quién anda en este mar para anegarse?
¿De qué sirve en quimeras consumirse,
ni pensar otra cosa que salvarse?

¿De qué sirve estimarse y preferirse,
buscar memoria habiendo de olvidarse,
y edificar habiendo de partirse?


5

Céfiro blando que mis quejas tristes
tantas veces llevaste, claras fuentes
que con mis tiernas lágrimas ardientes
vuestro dulce licor ponzoña hicistes;

selvas que mis querellas esparcistes,
ásperos montes a mi mal presentes,
ríos que de mis ojos siempre ausentes,
veneno al mar, como a tirano distes;

pues la aspereza de rigor tan fiero
no me permite voz articulada,
decid a mi desdén que por él muero.

Que si la viere el mundo transformada
en el laurel que por dureza espero,
della veréis mi frente coronada.


6

Que otras veces amé negar no puedo,
pero entonces amor tomó conmigo
la espada negra, como diestro amigo,
señalando los golpes en el miedo.

Mas esta vez que batallando quedo,
blanca la espada y cierto el enemigo,
no os espantéis que llore su castigo,
pues al pasado amor amando excedo.

Cuando con armas falsas esgrimía,
de las heridas truje en el vestido
(sin tocarme en el pecho) las señales;

mas en el alma ya, Lucinda mía,
donde mortales en dolor han sido,
y en el remedio heridas inmortales.


7

El pastor que en el monte anduvo al hielo,
al pie del mismo, derribando un pino,
en saliendo el lucero vespertino
enciende lumbre y duerme sin recelo.

Dejan las aves con la noche el vuelo,
el campo el buey, la senda el peregrino,
la hoz el trigo, la guadaña el lino,
que al fin descansa cuando cubre el cielo.

Yo solo, aunque la noche con su manto
esparza sueño y cuanto vive aduerma,
tengo mis ojos de descanso faltos.

Argos los vuelve la ocasión y el llanto,
sin vara de Mercurio que los duerma,
que los ojos del alma están muy altos.


8

Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.


9

Con nuevos lazos, como el mismo Apolo,
hallé en cabello a mi Lucinda un día,
tan hermosa, que al cielo parecía
en la risa del alba, abriendo el polo.

Vino un aire sutil, y desatólo
con blando golpe por la frente mía,
y dije a amor que para qué tejía
mil cuerdas juntas para un arco solo.

Pero él responde: «Fugitivo mío,
que burlaste mis brazos, hoy aguardo
de nuevo echar prisión a tu albedrío».

Yo triste, que por ella muero y ardo,
la red quise romper, ¡qué desvarío!,
pues más me enredo mientras más me guardo.


10

Quiero escribir, y el llanto no me deja,
pruebo a llorar, y no descanso tanto,
vuelvo a tomar la pluma, y vuelve el llanto,
todo me impide el bien, todo me aqueja.

Si el llanto dura, el alma se me queja,
si el escribir, mis ojos, y si en tanto
por muerte o por consuelo me levanto,
de entrambos la esperanza se me aleja.

Ve blanco al fin, papel, y a quien penetra
el centro deste pecho que enciende
le di (si en tanto bien pudieres verte),

que haga de mis lágrimas la letra,
pues ya que no lo siente, bien entiende,
que cuanto escribo y lloro, todo es muerte.


11

Lucinda, yo me siento arder, y sigo
el sol que deste incendio causa el daño,
que porque no me encuentre el desengaño
tengo al engaño por eterno amigo.

Siento el error, no siento lo que digo,
a mí yo propio me parezco extraño;
pasan mis años, sin que llegue un año
que esté seguro yo de mí conmigo.

¡Oh dura ley de amor, que todos huyen
la causa de su mal, y yo la espero
siempre en mi margen, como humilde río!

Pero si las estrellas daño influyen,
y con las de tus ojos nací y muero,
¿cómo las venceré sin albedrío?


12

Cayó la torre que en el viento hacían
mis altos pensamientos castigados,
que yacen por el suelo derribados
cuando con sus extremos competían.

Atrevidos al sol llegar querían,
y morir en sus rayos abrasados,
de cuya luz contentos y engañados,
como la ciega mariposa ardían.

¡Oh, siempre aborrecido desengaño,
amado al procurarte, odioso al verte,
que en lugar de sanar abres la herida!

¡Pluguiera a Dios duraras, dulce engaño,
que si ha de dar un desengaño muerte,
mejor es un engaño que da vida!


13

Desde que viene la rosada Aurora
hasta que el viejo Atlante esconde el día,
lloran mis ojos con igual porfía
su claro sol que otras montañas dora;

y desde que del caos adonde mora
sale la noche perezosa y fría,
hasta que a Venus otra vez envía,
vuelvo a llorar vuestro rigor, señora.

Así que ni la noche me socorre,
ni el día me sosiega y entretiene,
ni hallo medio en extremos tan extraños.

Mi vida va volando, el tiempo corre,
y mientras mi esperanza con vos viene,
callando pasan los ligeros años.


14

Rota barquilla mía, que arrojada
de tanta envidia y amistad fingida,
de mi paciencia por el mar regida
con remos de mi pluma y de mi espada,

una sin corte y otra mal cortada,
conservaste las fuerzas de la vida,
entre los puertos del favor rompida,
y entre las esperanzas quebrantada;

sigue tu estrella en tantos desengaños,
que quien no los creyó sin duda es loco,
ni hay enemigo vil ni amigo cierto.

Pues has pasado los mejores años,
ya para lo que queda, pues es poco,
ni tema a la mar, ni esperes puerto.


15

Esto de imaginar si está en su casa,
si salió, si la hablaron, si fue vista;
temer que se componga, adorne y vista,
andar siempre mirando lo que pasa;

temblar del otro que de amor se abrasa,
y con hacienda y alma la conquista;
querer que al oro y al amor resista,
morirme si se ausenta o si se casa;

celar todo galán rico y mancebo,
pensar que piensa en otro si en mí piensa
rondar la noche y contemplar el día,

obliga, Marcio, a enamorar de nuevo;
pero saber cómo pasó la ofensa,
no sólo desobliga, mas enfría.


16

Daba sustento a un pajarillo un día
Lucinda, y por los hierros del portillo
fuésele de la jaula el pajarillo
al libre viento en que vivir solía.

Con un suspiro a la ocasión tardía
tendió la mano, y no pudiendo asillo,
dijo (y de las mejillas amarillo
volvió el clavel que entre su nieve ardía):

¿Adónde vas por despreciar el nido,
al peligro de ligas y de balas,
y el dueño huyes que tu pico adora?».

Oyóla el pajarillo enternecido,
y a la antigua prisión volvió las alas,
que tanto puede una mujer que llora.


17

Es la mujer del hombre lo más bueno,
y locura decir que lo más malo,
su vida suele ser y su regalo,
su muerte suele ser y su veneno.

Cielo a los ojos, cándido y sereno,
que muchas veces al infierno igualo,
por raro al mundo su valor señalo,
por falso al hombre su rigor condeno.

Ella nos da su sangre, ella nos cría,
no ha hecho el cielo cosa más ingrata:
es un ángel, y a veces una arpía.

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata.


18

Esparcido el cabello por la espalda
que fue del sol desprecio y maravilla,
Silvia cogía por la verde orilla
del mar de Cádiz conchas en su falda.

El agua entre el hinojo de esmeralda,
para que entrase más, su curso humilla;
tejió de mimbre una alta canastilla,
y púsola en su frente por guirnalda.

Mas cuando ya desamparó la playa,
«Mal haya, dijo, el agua, que tan poca
con su sal me abrasó pies y vestidos».

Yo estaba cerca y respondí: «Mal haya
la sal que tiene tu graciosa boca,
que así tiene abrasados mis sentidos».


19

Serrana celestial de esta montaña,
por quien el sol, que sus peñascos dora,
sale más presto a ver la blanca Aurora
que a la noche venció, que el mundo engaña,

a quien aquel Pastor santo acompaña,
que en el cayado de su cruz adora
cuanto ganado en estas sierras mora
y con su marca de su sangre baña.

¿Cómo tenéis, si os llama electro y rosa
el Espejo, a quien dais tiernos abrazos,
color morena, aunque de gracia llena?

Pero aunque sois morena, sois hermosa,
y ¿qué mucho si a Dios tenéis en brazos,
que dándoos tanto sol, estéis morena?


20

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

SERRANA

SERRANA

Serrana hermosa, que de nieve helada
fueras como en color en el efecto,
si amor no hallara en tu rigor posada;

del sol y de mi vista claro objeto,
centro del alma, que a tu gloria aspira,
y de mi verso altísimo sujeto;

alba dichosa, en que mi noche espira,
divino basilisco, lince hermoso,
nube de amor, por quien sus rayos tira;

salteadora gentil, monstruo amoroso,
salamandra de nieve y no de fuego,
para que viva con mayor reposo.

Hoy, que a estos montes y a la muerte llego,
donde vine sin ti, sin alma y vida,
te escribo, de llorar cansado y ciego.

Pero dirás que es pena merecida
de quien pudo sufrir mirar tus ojos
con lágrimas de amor en la partida.

Advierte que eres alma en los despojos
desta parte mortal, que a ser la mía,
faltara en tantas lágrimas y enojos;

que no viviera quien de ti partía,
ni ausente ahora, a no esforzarle tanto
las esperanzas de un alegría día.

Aquella noche en su mayor espanto
consideré la pena del perderte,
la duda soledad creciendo el llanto,

y llamando mil veces a la muerte,
otras tantas miré que me quitaba
la dulce gloria de volver a verte.

A la ciudad famosa que dejaba,
la cabeza volvía, que desde lejos
sus muros con sus fuegos me enseñaba,

y dándome en los ojos los reflejos,
gran tiempo hacia la parte en que vivías
los tuvo amor suspensos y perplejos.

Y como imaginaba que tendrías
de lágrimas los bellos ojos llenos,
pensándolas juntar crecí las mías.

Mas como los amigos, desde ajenos,
reparasen en ver que me paraba
en el mayor dolor, fue el llanto menos.

Ya, pues, que el alma y la ciudad dejaba,
y no se oía del famoso río
el claro son que con sus muros lava,

«Adiós, dije mil veces, dueño mío,
hasta que a verme en tu ribera vuelva,
de quien tan tiernamente me desvío».

No suele el ruiseñor en verde selva
llorar el nido de uno en otro ramo
de florido arrayán y madreselva,

con más doliente voz que yo te llamo,
ausente de mis dulces pajarillos,
por quien en llanto el corazón derramo,

ni brama, si le quitan sus novillos,
con más dolor la vaca, atravesando
los campos de agostados amarillos;

ni con arrullo más lloroso y blando
la tórtola se queja, prenda mía,
que yo me estoy de mi dolor quejando.

Lucinda, sin tu dulce compañía,
y sin las prendas de tu hermoso pecho,
todo es llorar desde la noche al día,

que con sólo pensar que está deshecho
mi nido ausente, me atraviesa el alma,
dando mil nudos a mi cuello estrecho;

que con dolor de que le dejo en calma,
y el fruto de mi amor goza otro dueño,
parece que he sembrado ingrata palma».

Llegué, Lucinda, al fin, sin verme el sueño,
en tres veces que el sol me vio tan triste,
a la aspereza de un lugar pequeño,

a quien de murtas y peñascos viste
Sierra Morena, que se pone en medio
del dichoso lugar en que naciste.

Allí me pareció que sin remedio
llegaba el fin de mi mortal camino,
habiendo apenas caminado el medio,

y cuando ya mi pensamiento vino,
dejando atrás la Sierra, a imaginarte,
creció con el dolor el desatino;

que con pensar que estás de la otra parte,
me pareció que me quitó la Sierra
la dulce gloria de poder mirarte.

Bajé a los llanos de esta humilde tierra,
adonde me prendiste y cautivaste,
y yo fui esclavo de tu dulce guerra.

No estaba el Tajo con el verde engaste
de su florida margen cual solía,
cuando con esos pies su orilla honraste;

ni el agua clara a su pesar subía
por las sonoras ruedas ni bajaba,
y en pedazos de plata se rompía;

ni Filomena su dolor cantaba,
ni se enlazaba parra con espino,
ni yedra por los árboles trepaba;

ni pastor extranjero ni vecino
se coronaba del laurel ingrato,
que algunos tienen por laurel divino.

Era su valle imagen y retrato
del lugar que la corte desampara,
del alma de su espléndido aparato.

Yo, como aquel que a contemplar se para
rüinas tristes de pasadas glorias,
en agua de dolor bañé mi cara.

De tropel acudieron las memorias,
los asientos, los gustos, los favores,
que a veces los lugares son historias,

y en más de dos que yo te dije amores,
parece que escuchaba tus respuestas,
y que estaban allí las mismas flores.

Mas como en desventuras manifiestas
suele ser tan costoso el desengaño
y sus veloces alas son tan prestas,

vencido de la fuerza de mi daño,
caí desde mí mismo medio muerto
y conmigo también mi dulce engaño.

Teniendo, pues, mi duro fin por cierto,
las ninfas de las aguas, los pastores
del soto y los vaqueros del desierto,

cubriéndome de yerbas y de flores,
me lloraban, diciendo: «Aquí fenece
el hombre que mejor trató de amores,

y puesto que Lucinda le merece,
que su vida consista en su presencia,
él también con su muerte la engrandece».

Entonces yo, que haciendo resistencia
estaba con tu luz al dolor mío,
abrí los ojos, que cerró tu ausencia.

Luego desamparando el valle frío
las ninfas bellas con sus rubias frentes
rompieron el cristal del manso río,

y en círculos de vidrio transparentes
las divididas aguas resonaron,
y en las peñas los ecos diferentes.

Los pastores también desampararon
el muerto vivo, y en la tibia arena
por sombra de quien era me dejaron.

Yo solo, acompañado de mi pena,
volviste al alma, del dolor quejoso,
que de pensar en ti la tuvo ajena.

Así ha llegado aquel pastor dichoso,
Lucinda, que llamaban dueño tuyo,
del Betis rico al Tajo caudaloso:

éste que miras es retraso suyo,
que así el esclavo que llorando pierdes
a tus divinos ojos restituyo.

O ya me olvides o de mí te acuerdes,
si te olvidares mientras tengo vida,
marchite amor mis esperanzas verdes.

Cosa que al cielo por mi bien le pida
jamás me cumpla, si otra cosa fuere
de aquestos ojos, donde estás, querida.

En tanto que mi espíritu rigiere
el cuerpo que tus brazos estimaron,
nadie los míos ocupar espere;

la memoria que en ellos me dejaron
es alcalde de aquella fortaleza
que tus hermosos ojos conquistaron.

Tú conoces, Lucinda, mi firmeza,
y que es de acero el pensamiento mío
con las pastoras de mayor belleza.

Ya sabes el rigor de mi desvío
con Flora, que te tuvo tan celosa,
a cuyo fuego respondí tan frío;

pues bien conoces tú que es Flora hermosa,
y que con serlo, sin remedio vive,
envidiosa de ti, de mí quejosa.

Bien sabes que habla bien, que bien escribe
y que me solicita y me regala,
por más desprecios que de mí recibe.

Mas yo, que de tu pie, donaire y gala
estimo más la cinta que desecha
que todo el oro con que a Creso iguala,

sólo estimo tenerte sin sospecha,
que no ha nacido ahora quien desate
de tanto amor lazada tan estrecha.

Cuando de yerbas de Tesalia trate,
y discurriendo el monte de la luna
los espíritus ínfimos maltrate,

no hay fuerza en yerba ni en palabra alguna
contra mi voluntad, que hizo el cielo
libre en adversa y próspera fortuna.

Tú sola mereciste mi desvelo,
y yo también después de larga historia
con mi fuego de amor vencer tu hielo.

Viva con esto alegre tu memoria,
que como amar con celos es infierno,
amar sin ellos es descanso y gloria,

que yo, sin atender a mi gobierno,
no he de apartarme de adorarte ausente,
si de ti lo estuviese un siglo eterno.

El sol mil veces discurriendo cuente
del cielo los dorados paralelos,
y de su blanca hermana el rostro aumente,

que los diamantes de sus puros velos,
que viven fijos en su octava esfera,
no han de igualarme aunque me maten celos.

No habrá cosa jamás en la ribera
en que no te contemplen estos ojos,
mientras ausente de los tuyos muera;

en el jazmín tus cándidos despojos;
en la rosa encarnada tus mejillas,
tu bella boca en los claveles rojos;

tu olor en las retamas amarillas,
y en maravillas que mis cabras pacen
contemplaré también tus maravillas.

Y cuando aquellos arroyuelos que hacen
templados, a mis quejas consonancia
desde la sierra, donde juntos nacen,

dejando el sol la furia y arrogancia
de dos tan encendidos animales,
volviere el año a su primera estancia,

a pesar de sus fuentes naturales,
del yelo arrebatadas sus corrientes,
cuelguen por estas peñas sus cristales,

contemplaré tus concertados dientes,
y a veces en carámbanos mayores
los dedos de tus manos transparentes.

Tu voz me acordarán los ruiseñores,
y de estas yedras y olmos los abrazos
nuestros hermafrodíticos amores.

Aquestos nidos de diversos lazos,
donde ahora se besan dos palomas,
por ver mis prendas burlarán mis brazos,

Tú, si mejor tus pensamientos domas,
en tanto que yo quedo sin sentido,
dime el remedio de vivir que tomas,

que aunque todas las aguas del olvido
bebiese yo, por imposible tengo
que me escapase de tu lazo asido,

donde la vida a más dolor prevengo:
¡triste de aquel que por estrellas ama,
si no soy yo, porque a tus manos vengo!

Donde si espero de mis versos fama,
a ti lo debo, que tú sola puedes
dar a mi frente de laurel la rama,
donde muriendo vencedora quedes.

VILLANCICOS

VILLANCICOS

1

Nace el alba clara,
la noche pisa,
del cielo la risa
su paz declara;
el tiempo se para
por sólo vella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Para ser señora
del cielo, levanta
esta niña santa
su luz aurora;
él canta, ella llora
divinas perlas,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Aquella luz pura
del Sol procede,
porque cuanto puede
le da hermosura;
el alba segura
que viene cerca,
desterrando la noche
de nuestras penas.


2

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso niño mío,
y de calor también.

Dormid, cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.

Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanüel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores,
y llore con Joseph.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.


3

De una Virgen hermosa
celos tiene el sol,
porque vio en sus brazos
otro sol mayor.

Cuando del Oriente
salió el sol dorado,
y otro sol helado
miró tan ardiente,
quitó de la frente
la corona bella,
y a los pies de la estrella
su lumbre adoró,
porque vio en sus brazos
otro sol mayor.

«Hermosa María,
dice el sol vencido,
de vos ha nacido
el sol que podía
dar al mundo el día
que ha deseado».
Esto dijo humillado
a María el sol,
porque vio en sus brazos
otro sol mayor.


4

Zagalejo de perlas,
hijo del Alba,
¿dónde vais que hace frío
tan de mañana?

Como sois lucero
del alma mía,
al traer el día
nacéis primero;
pastor y cordero
sin choza y lana,
¿dónde vais que hace frío
tan de mañana?

Perlas en los ojos,
risa en la boca,
las almas provoca
a placer y enojos;
cabellitos rojos,
boca de grana,
¿dónde vais que hace frío
tan de mañana?

Que tenéis que hacer,
pastorcito santo,
madrugando tanto
lo dais a entender;
aunque vais a ver
disfrazado el alma,
¿dónde vais que hace frío
tan de mañana?


5

La Niña a quien dijo el Ángel
que estaba de gracia llena,
cuando de ser de Dios madre
le trujo tan altas nuevas,

ya le mira en un pesebre,
llorando lágrimas tiernas,
que obligándose a ser hombre,
también se obliga a sus penas.

¿Qué tenéis, dulce Jesús?,
le dice la Niña bella;
¿tan presto sentís mis ojos
el dolor de mi pobreza?

Yo no tengo otros palacios
en que recibiros pueda,
sino mis brazos y pechos,
que os regalan y sustentan.

No puedo más, amor mío,
porque si yo más pudiera,
vos sabéis que vuestros cielos
envidiaran mi riqueza.

El niño recién nacido
no mueve la pura lengua,
aunque es la sabiduría
de su eterno Padre inmensa.

Mas revelándole al alma
de la Virgen la respuesta,
cubrió de sueño en sus brazos
blandamente sus estrellas.

Ella entonces desatando
la voz regalada y tierna,
así tuvo a su armonía
la de los cielos suspensa.

Pues andáis en las palmas,
Ángeles santos,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto.

No le hagáis ruido,
corred más paso,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

El niño divino,
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,

sosegar quiere un poco
del tierno llanto,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

Rigurosos yelos
le están cercando,
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.

Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

CANCIÓN

CANCIÓN

¡Oh libertad preciosa,
no comparada al oro,
ni al bien mayor de la espaciosa tierra,
más rica y más gozosa
que el precioso tesoro
que el mar del sur entre su nácar cierra;
con armas, sangre y guerra,
con las vidas y famas,
conquistado en el mundo;
paz dulce, amor profundo
que el mar aparta y a tu bien nos llamas;
en ti sola se anida
oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida!

Cuando de las humanas
tinieblas vi el cielo
la luz, principio de mis dulces días,
aquellas tres hermanas
que nuestro humano velo
tejiendo, llevan por inciertas vías,
las duras penas mías
trocaron en la gloria
que en libertad poseo,
con siempre igual deseo,
donde verá por mi dichosa historia
quien más leyere en ella
que es dulce libertad lo menos della.

Yo, pues, señor exento
desta montaña y prado,
gozo la gloria y libertad que tengo.
Soberbio pensamiento
jamás ha derribado
la vida humilde y pobre que sostengo.
Cuando a las manos vengo
con el muchacho ciego,
haciendo rostro embisto,
venzo, triunfo y resisto
la flecha, el arco, la ponzoña, el fuego,
y con libre albedrío
lloro el ajeno mal y canto el mío.

Cuando la aurora baña
con el rocío
de aljófar celestial el monte y prado,
salgo de mi cabaña,
riberas de este río,
a dar el nuevo pasto a mi ganado,
y cuando el sol dorado
muestra sus fuerzas graves,
al sueño el pecho inclino
debajo un sauce o pino,
oyendo el son de las parleras aves
o ya gozando el aura
donde el perdido aliento se restaura.

Cuando la noche oscura
con su estrellado manto
el claro día en su tiniebla encierra,
y suena en la espesura
el tenebroso canto
de los nocturnos hijos de la tierra,
al pie de aquesta sierra
con rústicas palabras
mi ganadillo cuento
y el corazón contento
del gobierno de ovejas y de cabras,
la temerosa cuenta
del cuidadoso rey me representa.

Aquí la verde pera
con la manzana fermosa,
de gualda y roja sangre matizada,
y de color rosa
la cermeña olorosa
tengo, y la endrina de color morada;
aquí de la enramada
parra que el olmo enlaza,
melosas uvas cojo;
y en cantidad recojo,
al tiempo que las ramas desenlaza
el caluroso estío,
membrillos que coronan este río.

No me da descontento
el hábito costoso
que de lascivo el pecho noble infama;
es mi dulce sustento
del campo generoso
estas silvestres frutas que derrama;
mi regalada cama,
de blanda pieles y hojas,
que algún rey la envidiara,
y de ti, fuente clara,
que, bullendo, el arena y agua arrojas,
estos cristales puros,
sustentos pobres, pero bien seguros.

Estése el cortesano
procurando a su gusto
la blanda cama y el mejor sustento;
bese la ingrata mano
del poderoso injusto,
formando torres de esperanza al viento;
viva y muera sediento
por el honroso oficio,
y goce yo del suelo,
al aire, al sol y al hielo,
ocupado en mi rústico ejercicio;
que más vale pobreza
en paz que en guerra mísera riqueza.

Ni temo al poderoso
ni al rico lisonjero,
ni soy camaleón del que gobierna,
ni me tiene envidioso
la ambición y el deseo
de ajena gloria ni de fama eterna;
carne sabrosa y tierna,
vino aromatizado,
pan blanco de aquel día,
en prado, en fuente fría,
halla un pastor con hambre fatigado,
que el grande y el pequeño
somos iguales lo que dura el sueño.

POBRE BARQUILLA MÍA

POBRE BARQUILLA MÍA

¡Pobre barquilla mía,
entre peñascos rota,
sin velas desvela,
y entre las olas sola!

¿Adónde vas perdida?
¿Adónde, di, te engolfas?
Que no hay deseos cuerdos
con esperanzas locas.

Como las altas naves,
te apartas animosa
de la vecina tierra,
y al fiero mar te arrojas.

Igual en las fortunas,
mayor en las congojas,
pequeña en la defensas,
incitas a las ondas.

Advierte que te llevan
a dar entre las rocas
de la soberbia envidia,
naufragio de las honras.

Cuando por las riberas
andabas costa a costa,
nunca del mar temiste
las ira procelosas.

Segura navegabas,
que por la tierra propia
nunca el peligro es mucho
adonde el agua es poca.

Verdad es que en la patria
no es la virtud dichosa,
ni se estima la perla
hasta dejar la concha.

Dirás que muchas barcas
con el favor en popa,
saliendo desdichadas,
volvieron venturosas.

No mires los ejemplos
de las que van y tornan,
que a muchas ha perdido
la dicha de las otras.

Para los altos mares
no llevas, cautelosa,
ni velas de mentiras,
ni remos de lisonjas.

¿Quién te engañó, barquilla?
Vuelve, vuelve la proa:
que presumir de nave
fortunas ocasiona.

¿Qué jarcias te entretejen?
¿Qué ricas banderolas
azote son del viento
y de las aguas sombra?

¿ en qué gavia descubres,
del árbol alta copa,
la tierra en perspectiva,
del mar incultas orlas?

¿En qué celajes fundas
que es bien echar la sonda,
cuando, perdido el rumbo,
erraste la derrota?

Si te sepulta arena,
¿qué sirve fama heroica?
Que nunca desdichados
sus pensamientos logran.

¿Qué importa que te ciñan
ramas verde o rojas,
que en selvas de corales
salados césped brota?

Laureles de la orilla
solamente coronan
navíos de alto bordo
que jarcias de oro adornan.

No quieras que yo sea,
por tu soberbia pompa,
Faetonte de barqueros
que los laureles lloran.

Pasaron ya los tiempos
cuando, lamiendo rosas,
el céfiro bullía
y suspiraba aromas.

Ya fieros huracanes
tan arrogantes soplan
que, salpicando estrellas,
del sol la frente mojan.

Ya los valientes rayos
de la vulcana forja,
en vez de torres altas,
abrasan pobres chozas.

Contenta con tus redes,
a la playa arenosa
mojado me sacabas;
pero vivo,¿qué importa?

Cuando de rojo nácar
se afeitaba la aurora,
más peces te llenaban
que ella lloraba aljófar.

Al bello sol que adoro
enjuta ya la ropa,
nos daba una cabaña
la cama de sus hojas.

Esposo me llamaba,
yo la llamaba esposa,
parándose de envidia
la celestial antorcha.

Sin pleito, sin disgusto,
la muerte nos divorcia;
¡ay de la pobre barca
que en lágrima se ahoga!

Quedad sobre la arena,
inútiles escotas,
que no ha menester velas
quien a su bien torna.

Si con eternas plantas
las fijas luces doras,
¡oh dueño de mi barca!,
y en dulce paz reposas.

Merezca que le pidas
al bien que eterno gozas
que adonde estás me lleve,
más pura y más hermosa.

Mi honesto amor te obligue,
que no es digna victoria
para quejas humanas
ser las deidades sordas.

Mas, ¡ay!, que no me escuchas.
pero la vida es corta:
viviendo, todo falta;
muriendo, todo sobra.

A MIS SOLEDADES VOY

A MIS SOLEDADES VOY

A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.

¡No sé qué tiene la aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo
no puedo venir más lejos!

Ni estoy bien ni mal conmigo;
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.

Entiendo lo que me basta,
y solamente no entiendo
cómo se sufre a sí mismo
un ignorante soberbio.

De cuantas cosas me cansan,
fácilmente me defiendo;
pero no puedo guardarme
de los peligros de un necio.

El dirá que yo lo soy,
pero con falso argumento,
que humildad y necedad
no caben en un sujeto.

La diferencia conozco,
porque en él y en mí contemplo,
su locura en su arrogancia,
mi humildad en su desprecio.

O sabe naturaleza
más que supo en otro tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos.

Sólo sé que no sé nada,
dijo un filósofo, haciendo
la cuenta con su humildad,
adonde lo más es menos.

No me precio de entendido,
de desdichado me precio,
que los que no son dichosos,
¿cómo pueden ser discretos?

No puede durar el mundo,
porque dicen, y lo creo,
que suena a vidrio quebrado
y que ha de romperse presto.

Señales son del jüicio
ver que todos le perdemos,
unos por carta de más
otros por cartas de menos.

Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres
que desde entonces no ha vuelto.

En dos edades vivimos
los propios y los ajenos:
la de plata los extraños
y la de cobre los nuestros.

¿A quién no dará cuidado,
si es español verdadero,
ver los hombres a lo antiguo
y el valor a lo moderno?

Dijo Dios que comería
su pan el hombre primero
con el sudor de su cara
por quebrar su mandamiento,

y algunos inobedientes
a la vergüenza y al miedo,
con las prendas de su honor
han trocado los efectos.

Virtud y filosofía
peregrina como ciegos;
el uno se lleva al otro,
llorando van y pidiendo.

Dos polos tiene la tierra,
universal movimiento;
la mejor vida el favor,
la mejor sangre el dinero.

Oigo tañer las campanas,
y no me espanto, aunque puedo,
que en lugar de tantas cruces
haya tantos hombres muertos.

Mirando estoy los sepulcros
cuyos mármoles eternos
están diciendo sin lengua
que no lo fueron sus dueños.

¡Oh, bien haya quien los hizo,
porque solamente en ellos
de los poderosos grandes
se vengaron los pequeños!

Fea pintan a la envidia,
yo confieso que la tengo
de unos hombres que no saben
quién vive pared en medio.

Sin libros y sin papeles,
sin tratos, cuentas ni cuentos,
cuando quieren escribir
piden prestado el tintero.

Sin ser pobres ni ser ricos,
tienen chimenea y huerto;
no los despiertan cuidados,
ni pretensiones, ni pleitos.

Ni murmuraron del grande,
ni ofendieron al pequeño;
nunca, como yo, afirmaron
parabién, ni pascua dieron.

Con esta envidia que digo
y lo que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.